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Bomberos en La Habana

Bomba de vapor del Cuerpo de Bomberos del Comercio en La Habana

 

Los Comienzos.
 
Hay un dato interesante: en 1795 trajeron a La Habana las primeras bombas de mano, que fueron manipuladas por negros esclavos.
 
1835: Fundación del Cuerpo de Honrados Obreros y Bomberos de La Habana.
 
1875: En esos tiempos la capital comercial había alcanzado un gran desarrollo en el país y las compañías de seguro determinaron, por su propio beneficio crear sus propias fuerzas, integradas de forma voluntaria por jóvenes del Comercio.
 
Su primer cuartel estuvo en la calle San Ignacio, número 19. Prestaban sus servicios con tres bombas tiradas por caballos y disponían de un departamento de sanidad, con médicos, un farmacéutico y varios sanitarios. Se le denominó Bomberos del Comercio.
 
También recibieron, por donación de la compañía inglesa de seguros El Iris (respondía en la provincia por la especialidad de incendios), dos bombas de vapor, extintores químicos y otros implementos.
 
Fue el incendio que, en la madrugada del 6 al 7 de septiembre de 1873, redujo a cenizas el mercado conocido como Plaza del Vapor, en el espacio enmarcado entre las calles de Galiano, Reina, Águila y Dragones, lo que determinó la formación inmediata del Cuerpo de Bomberos del Comercio. En aquella madrugada se empleó por primera vez en la Isla una bomba de vapor para la extinción de incendios; la única que había en Cuba.
 
Era propiedad de la compañía de seguros North Bristish, empresa que no demoraría en donarla al Cuerpo de Bomberos del Comercio al quedar este constituido el 17 de septiembre del año mencionado, a las 12 del día, hora en que se abrieron las puertas del primer cuartel del bomberos que tuvo el país, en la calle de San Ignacio.
 
Solo que —y aquí viene lo interesante— no había bestias para tirar de aquel artefacto y la máquina debía ser arrastrada por los mismos bomberos.
 
Tan penosa situación hizo que Isidro Rodríguez, propietario de un tren de carruajes, deseoso de sumarse de alguna manera a la labor altruista de los bomberos, ofreciera para el arrastre de la bomba dos caballos de los que tiraban a diario de sus coches.
 
El buen hombre prestaba una pareja cada vez que las circunstancias lo exigían, lo que obligaba, en caso de aviso de incendio, a localizar por las calles habaneras a alguno de los vehículos del tren de Isidro, desengancharlo de los caballos en plena vía pública, y llevar las bestias para el cuartel de San Ignacio a fin de engancharlas a la bomba.
 
Las cosas mejoraron con el tiempo para los Bomberos del Comercio. Gracias a donativos y el dinero obtenido con lo recaudado en funciones teatrales de beneficio fueron haciéndose de los caballos y los implementos necesarios para su quehacer.
 
Entre 1885 y 1895, a aquel solitario cuartel de la calle San Ignacio se añadieron las estaciones de las calles Sol, Galiano y Prado esquina a San José.
 
Funcionó asimismo una estación en la calle A, en el Vedado, y otra más en la Calzada de Monte entre Fernandina y Romay.